¡MIGRANTES VENEZOLANOS CAMBIAN DE RUMBO! Miran al sur y otros esperan en albergues mexicanos: «Vamos a ver qué sorpresa nos depara Dios»

Las calles de “Las Vegas”, “Dubái” o “La Habana” ya no existen. No eran ciudades reales, sino nombres simbólicos con los que los migrantes identificaban las zonas del campamento Río Camp, un enorme asentamiento improvisado en Reynosa que albergó a más de mil personas provenientes de Centroamérica, Sudamérica y África. Hoy, el terreno es una extensión vacía de escombros y maderos apilados: señales de una vida fugaz, de una esperanza que se desvaneció con el cierre de la frontera estadounidense.

Río Camp fue durante meses uno de los refugios más representativos del fenómeno migratorio hacia Estados Unidos. En tiendas de campaña hacinadas, familias completas resistían las inclemencias del clima, las enfermedades y la espera interminable. A pesar de las carencias, levantaron cocinas comunales, mercados y hasta fiestas, creando una comunidad temporal con un objetivo compartido: cruzar al norte.

Ese sueño, sin embargo, se esfumó el 20 de enero, cuando Donald Trump regresó al poder e impuso un cierre total a la frontera para solicitantes de asilo. Desde entonces, miles de migrantes han quedado varados, reorientando sus rutas o regresando a sus países de origen. Reynosa, Matamoros, Tapachula, Ciudad Juárez y otras ciudades que antes eran puntos de tránsito, ahora son el destino final de una migración atrapada por el endurecimiento de las políticas migratorias.

La nueva realidad: México como destino

Las cifras respaldan el cambio: las detenciones en la frontera sur de EE. UU. cayeron un 88%, y en México, las intercepciones de migrantes disminuyeron un 80% en lo que va de 2025. Mientras tanto, las solicitudes de residencia, trabajo y asilo en México se han disparado. Según ACNUR, el país recibe hasta 250 solicitudes diarias.

En campamentos como Senda de Vida o Pumarejo, ya casi no quedan migrantes. De los más de 9.000 que se alojaban en estos refugios durante el pico migratorio, hoy apenas sobreviven unos 250. Entre ellos está Yoni Civira, un venezolano que ha perdido parcialmente la vista durante sus cinco años de tránsito. “A ver si el presidente Trump se toca el corazón”, dice con resignación.

Otros, como Hilda Meza, recuerdan con dolor el secuestro que vivió junto a su esposo y sus cuatro hijos al cruzar la frontera sur de México. “Nos metieron en una casa con otros cien migrantes, nos amenazaban armados, drogados. No sé si volver sería un viaje o una trampa”, afirma.

Éxodo a la inversa: un giro sin precedentes

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ya habla de un fenómeno inédito: el éxodo migratorio en reversa. Entre febrero y mayo, casi 8.000 personas cruzaron el peligroso Tapón del Darién en sentido contrario, desde Panamá hacia Colombia. Las rutas hacia Estados Unidos se han tornado inviables, caras y cada vez más peligrosas.

Los coyotes, antes cobraban hasta 5.000 dólares por cruzar a EE. UU.; ahora, con las nuevas restricciones, las tarifas se dispararon hasta los 15.000 dólares. La migración forzada no ha desaparecido, pero se ha vuelto más clandestina, más riesgosa y más cara, como advierte Médicos Sin Fronteras.

México: el nuevo norte

En Tapachula, una empresa platanera contrató a 60 migrantes con permisos de trabajo. “Es gente que ya se quedó a vivir”, afirma Herbert Bermúdez, encargado de un albergue local. Cada vez más migrantes pagan impuestos, trabajan y envían remesas desde México, sin haber pisado suelo estadounidense.

Según la OIM, en 2024, el 70% de los migrantes tenían como destino final EE. UU.; en 2025, esa cifra ha caído al 50%. Al mismo tiempo, los que ven a México como destino final aumentaron del 24% al 46%.

Invisibles, pero aún en camino

Los expertos advierten que la percepción de “fin del flujo migratorio” es engañosa. “La gente se sigue moviendo, solo que ahora lo hace de manera más invisible y peligrosa”, afirma Mavi Cruz, del Centro de Derechos Humanos Fray Matías. Esto, además, reactiva la maquinaria del crimen organizado, que ahora concentra su explotación sobre migrantes más vulnerables o poblaciones locales.

En ese contexto, los albergues se vacían, las organizaciones pierden fondos y las estrategias de ayuda humanitaria deben repensarse. “No sabemos ya dónde está la gente, ni dónde enfocar la ayuda”, reconoce un oficial de la ONU.

A la espera de la próxima ola

Los líderes comunitarios de los albergues, como el pastor Héctor Silva, no pierden la fe. “Esto es como el mar. A veces retrocede, pero siempre vuelve”, dice a los migrantes que asisten a sus misas. “Confíen. Para Dios no hay fronteras”.

Mientras tanto, los campamentos como Río Camp, alguna vez llenos de vida, son ahora testimonios mudos de un sueño truncado, de un mapa migratorio que ya no se reconoce y de miles de vidas que, pese a todo, no se rinden.

Fuente: NOTICIAALMINUTO